En el centro de la mesa había un jarrón con guindas. Las miré con cuidado; no eran rojas, sino más bien púrpuras. Con unas manchitas casi negras. Comé, dale, dijo ella. Probá una, son de Etiopía. Me dijo eso frente a sus padres. Están maduras. A ver, dije. La comía y todos me miraban. Esperando. Modulaban con su boca mi mordisco. Me preguntaron si me gustaban, si no le sentía un gusto raro, les dije que no, que estaban más o menos normales. Pero no se detuvieron. Si no estaban ácidas, si no se me dormía la lengua, si eran lindas. Estaban resueltos a indagar, así que continuaron. Si las había probado antes, si era capaz de comérmelas todas o de venderlas.

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