Sentí olor a quemado y salí a ver. Ni bien abrí la puerta de atrás, aprovechó Sebastián y se metió. Hice como que no lo vi, y caminé hasta el portón. Me acerqué al tejido; asomé la cabeza por arriba del alambre; y no vi nada. Ni humo. Ya estaba ahí, así que arranqué algunos pastos largos. Busqué tu palita, enterrada en la maceta, y la usé. No tardé tanto, me cansé rápido, y además seguía el olor. Una mezcla de plástico y asado. Pero no supe de dónde venía. Di vueltas bajo el sol, estiré las piernas y me dispuse a entrar. Hacía un calor terrible, caminé bordeando la pared, refugiándome en la línea de sombra que marca la casa. Cuando pasé por la ventana que da al pasillo, te vi. Estabas bajando las escaleras con un pilón de cajas sucias, que no me imagino qué porquerías tendrían. Casi te caíste y pegaste un grito. Me reí de vos y pensé dos cosas; que hace mucho que no limpio el jardín, y que hace mucho que no te alcanzo flores.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario