Al principio sólo nos veíamos en plaza rocha


Después empezamos a ir a un hotel. Pagamos por tener un tiempo a solas. Parece enroscado pero era lo más simple al final. Nadie te molesta, no cambia la luz y no estamos expuestos a las interrupciones del clima y los ruidos. Con un turno de dos horas bastaba. En eso escribíamos un capitulo o dos. Casi no había que corregirlos. Estábamos adiestrados por el deseo. Un plan tácito. Una historia que se guiaba sola, bueno, sola no, pero era agradable fantasear con eso.
Creo que pintó coger nomás porque ya veíamos venir el fin de la novela, para retrasar el final. Escribíamos un par de páginas a las apuradas, después, con suerte, un párrafo. Eso sí, hablábamos mucho de la novela, de cómo seguir, de corregir partes, o cambiar cosas de lugar. Esas charlas fueron ganando nuestro tiempo, hasta que no cogimos más, sólo charlábamos. Por esa época empezamos a sacar dos turnos.   
Y aun así nos costaba separarnos. Lo disimulábamos un poco, aunque en realidad no había nada de malo en disfrutar esos momentos. Pero ella tenía un novio. Pensaba casarse y tomarse el palo, siempre lo decía, como si repetirlo le aceleraría las cosas. Se ve que sí porque la última vez que lo dijo fue cierta y se fue.
A mí me quedo un sabor amargo en la boca, a palo borracho, bronca, una recurrente manía por transitar espacios verdes por las tardes y la novela. Decidí terminarla con la ayuda del mismo método, los cuartos de hotel y dos turnos, pero ahora en soledad.

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