Marrones


Lo último que le escuché decir al tipo fue “desde este momento”, y ahí el apagón. Un fundido a negro y estaba adentro de una vieja macumbera. Así, como lo digo, de un saque. Pasé de una cosa a otra sin más. En un barsucho, oscuro, fumando un pucho, se me cruza uno, no sé qué me dice, medio que casi se cayó o por ahí y le llego a cazar la última frase, eso del momento. Y ya está. 
Lo que volví a ver fue un parque, helado, de otro lugar, de otro país o de otra época, no sé, raro. Miré el piso, hojas secas, barro, y mis pies. Ahí supe de algún modo lo que pasaba. Mis pies no eran mis pies. Dos piernas venosas, envueltas en medias de nylon, salían por debajo de la pollera, y se metían en unos zapatos cuadrados, de cordones finitos y largos, todos ajeados y sucios. Eran los pies de una vieja. Se movían rápido, apurados. Dando vuelcos, trastabillando, esta vieja con esos zapatos cruzaba el parque extranjero, y yo iba adentro de ella. Increíble. Pensé en la película de Malkovich. Eso me ahorró tiempo. Aunque no sé si pueda precisar el tiempo que duraba uno de mis pensamientos, ni siquiera sé si está bien llamar a aquello pensamiento. Pero al fin y al cabo, entendí lo que estaba pasando, y traté de orientarme. Me miré la ropa, el cuerpo, no sé lo que podía ver. Colores apagados, telas, colgantes, pulseras, pañuelos, no sé, muchas cosas encimadas, las uñas pintadas, muy cortitas, muchos anillos, y un paquete o algo en las manos. Me esforcé, en concentración, quiero decir, y miré otra vez. A la altura del vientre, sostenía un envoltorio estrambótico que se le escurría y se le desparramaba entre los dedos. Ví una maraña, un enjambre, yuyos secos, palitos, bultos, no llegaba a distinguir qué era exactamente, pensé en un gato, en mi gato, enchastrado de légamo o de sangre. De pronto se detuvo, la vieja. Se quedó quieta delante de un árbol bajo, de esos con la copa ancha y abierta como una sombrilla. Se acercó, rozó el tronco. Y se agachó. De su boca empezó a salir un chorro de palabras y ruidos, murmullos, que no sé. Y extendió ese matorral, de sapos, plumas, mugre, pegoteado, todo un menjunje de pelos y pelusas y cintas negras y creo que flores, marchitas, rojas, marrones.

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