Rinoceronte 3

Creo que el rinoceronte dormía, oía su respiración pesada y profunda tras los matorrales. No se escuchaba nada más que eso. Es imposible, claro, pero nomás recuerdo la respiración bestial aquella en la oscuridad. No me movía desde la tarde, no sabía qué hacer, si correr, si seguir escondida, si qué, qué podía hacer.
Estaba en eso cuando una mano me apreta el hombro derecho. Me doy vuelta y te veo, y me acuerdo de esa otra vez que te escapaste y te escondiste entre los yuyos. Yo no paré de pensar en las alimañas por ahí sueltas, capaces de comerte.
-¿Me comprás este shampoo?
Y la panza, el pecho del animal inflándose y desinflándose; yo inmóvil, decidiendo.
- Sí, llevalo.
Cada vez estoy peor. Agarro el shampoo. Tiendo a perderme, a irme en pensamientos. Camino hacia la caja y miro a la góndola de las galletitas. Debo ordenar mis ideas, están yendo demasiado lejos. Es mi turno y saco las cosas del chango.
Otra vez me tocás el hombro de improviso. La china me dice cincuenta y ocho con cincuenta. No voy a girar para verte porque volvería a la situación confusa y de locura. Saco la plata y pago. Me seguís y yo camino. Hago como si nada. Camino me decís cosas y no contesto. Mis pensamientos no me controlan. Es mentira esto y todo, y lo del rinoceronte. Esa respiración en la oscuridad. Nada existe más que este taxi que paro.
Saco el shampoo de la bolsa y leo el envase.

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