Conceptual

Es un bar nuevo, me dijo, de unos amigos, me dijo, es medio raro, pero vas a ver que va a estar bueno, me dijo, y fuimos. Yo, hasta ese día, pensaba que era una chica normal. Habíamos salido dos veces antes, y todavía no habíamos cogido. Me había contado de su ex, del trabajo, de que iba a un taller de pintura, algo de su familia, algo de sus miedos; digo, no la conocía mucho, pero hasta ahí parecía normal. El bar era una casa vieja, reciclada. En la puerta nos dieron -nos pusieron- unas máscaras. Nos dijeron que las tuviéramos puestas hasta medianoche. Mientras atravesábamos el pasillo, ella me dijo que era una fiesta conceptual. Ah, le contesté. El bar tenía habitaciones y recovecos, y estaba oscuro. Había una habitación más grande, como un living, donde estaba la barra. Por el camino vi a cuatro o cinco personas, todas enmascaradas, sentadas por algún rincón. En la barra había otro más, su máscara tenía un penacho de plumas negras que miré con codicia, y un barman, a cara limpia, pero con anteojos negros. ¿Verde o blanca?, dijo el barman. Ella me miró, ¿verde? Sí, verde. Dos verdes. El barman sirvió un líquido verde y espeso, como un licuado, en dos vasos de trago largo. Eran vasos grandes. Acá tienen, dijo y le puso una pajita a cada uno. No me gusta tomar de pajita, pero con la máscara puesta era el único modo. Miré la hora; eran once menos cuarto. Ella había agarrado su vaso enseguida y sorbía el licuado verde con verdadero gusto. Está buenísimo, dijo. A ver, y empecé a tomar. Estaba bueno; tenía un dejo amargo, como de fernet, pero era cremoso. Y estaba frío. ¿Qué es?, le pregunté. Ella sonrió. No tengo idea. Vamos a sentarnos. Y fuimos. No fue difícil encontrar una mesa vacía, aunque había pocas. Qué raro que es esto, dije. Es como si fuera una obra, me dijo ella, nosotros somos parte. No te entiendo. Tómatelo como un juego, no es más que eso. ¿No te gusta jugar? Depende. Seguimos tomando. Yo estaba medio nervioso ya, pensando y esta colifa qué onda, así que me lo tomé rápido. Ella apuró lo que le quedaba; voy a buscar más, dijo, y se llevó los vasos. Desde donde estábamos se podía ver la barra. Vi como el barman le servía. El del penacho ya no estaba. Eran las once y media. Miré alrededor; parecía haber menos gente aún. Ella volvió con los tragos. Seguí tomando. Soy de acuario, me dijo, me enteré hace poco. Parece que me habían anotado mal. Ah, le dije, ¿y te cambió algo? Todo, la verdad. Yo sabía que había algo mal, algo fuera de lugar conmigo, y ahora me cierra todo. Todo es distinto ahora. La bebida verde debía ser más fuerte de lo que aparentaba, porque me empecé a sentir mareado. Igual, era distinta a la sensación de borrachera. ¿De verdad no sabés qué tiene esto?, dije. Ahora estoy como en una especie de crisis, no, te dije que no tengo idea, pero todavía no sé en qué puedo terminar. Es como que estoy justo en medio de todo, ¿entendés? Más o menos, le dije, no entiendo mucho de astrología. La música bajó de pronto, y empezó a sonar un reloj de péndulo. Miré la hora. Qué bien, ya me estaba sofocando esto, dije y me saqué la máscara. Ella no se la sacó, ni nadie más. ¿No te la sacás?, le dije. ¿Vos querés? Sí. Bueno, me la saco. Y sonrió. ¿Vos quién sos?, le dije. Ella se rió. ¿Vos quién carajo sos? ¿Dónde está Rita? Ella se rió más. Me levanté y la empecé a zamarrear. No te rías, idiota, ¿quién carajo sos vos?, le grité. Vinieron corriendo los de seguridad y me agarraron. La mina se siguió riendo. Hija de puta, ¿vos quién carajo sos? ¿Dónde está Rita? Me sacaron arrastrando, y yo gritaba, Rita, hija de puta, ¿dónde mierda te metiste? Loca, colifa de mierda, ¿dónde estás?, y así, hasta la calle. 

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