Las habían agarrado en la esquina. A ellas tres. Y ahora las llevaban a la comisaría. Emilia los había puteado, las otras dos no. Pero Emilia era bardera. Ya se había querido pelear con una que se cruzó en el baño y, ya había llamado a su novio para pelearlo, ya se había caído. Pero cuando aparecieron los canas se puso como loca. Las otras dos no habían podido pararla, y sentadas una al lado de la otra, en el asiento de atrás, ya repasaban cómo explicarían en sus casas aquella noche. Ninguna pensó en mentir para salvarse. De hecho la coartada se resolvía de a tres. No sería grave. Lo que ellas quisieran ellas podían. Emilia miraba por la ventana, pasaron una plaza, una avenida. Lau le preguntó algo a Jime. El que manejaba las miró por el espejo, le hizo una seña al otro. Ninguna de las tres se dio cuenta.
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