De repente, la luz se fue acercando hacia mí. Me impide mirarlo y algo irradia dentro de la heladera. Será que el insoportable frío no es suficiente para dejarme pensar en paz y decidir entre: comer o limpiarla a fondo. Finalmente, decido que voy a enaltecer lo construído para poder olvidarme por fin no tirar el guiso. De mi pobre madre heredé el mal gusto. Solo cuando como afuera me acuerdo de ella, sobre todo cuando como guisos especialmente los de lentejas. Puaj! Qué feos los hacía. No le ponía panceta y el gusto magro, magro serrano, compacto, plástico. No es para tanto. Igual, madre solo una ¡Doy gracias a dios! Y tomo un uvasal para tragar esta noticia que no deja dormir ni a mi, ni a nadie más, pero sucederá dentro del próximo intervalo de plena oscuridad o no sucederá. Eso.
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