Verano 1: Igualito

La perra se rascaba en el fondo. Dora la miraba. Tenía una oreja cubierta de garrapatas y las moscas le revoloteaban la cabeza. Dora se abanicó con una revista. Hacía calor, más de treinta y cinco grados, había dicho la tele. Afuera, la perra se quedó quieta, jadeando. Dora dejó de mirarla. Fue a la cocina. La perra se escapaba y ahí se contagiaba las garrapatas, era callejera. Su hijo le había dicho que la iba a llevar al veterinario, pero siempre se escapaba la perra, y era lo mismo. Le había dicho que iba a pasar, su hijo. Dora abrió la heladera. Se quedó mirando el interior, sin estar segura de qué agarrar. Le gustó el frescor. Cerró los ojos. Levantó los brazos y apoyó la frente en el congelador. Tenía aureolas oscuras en las axilas, sobre el vestido, y la frente y el cuello empapados. Era como su padre él, tendría que haber venido, pero qué le iba a decir, si se ponía como loco cuando le decía algo. No me corrijas, igual que el padre. Dora abrió los ojos. Agarró una mandarina y cerró la heladera.

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