Tengo la nariz helada. Y los pies. Si estuvieras acá, creo que no me preguntarías en qué pienso. Pero no estás, así que pienso en pegarte; en el pie, o en un dedo, en algo que te duela más con este frío. Abro la canilla. Me encanta dejar correr el agua caliente y entrar, que se trasforme mientras estoy en el baño, en una humareda causada por el vapor.
El vapor es todo para mí. Se llena la bañera mientras me fumo el rocío de la calle. Nunca entenderías por qué lo hago, son mis pequeñas soledades, eso que a vos no te alcanza. Seguro me dirías que deje de gastar el agua, que no soy el único que tiene derecho a bañarse calentito, que el calefón y que soy egoísta. Pero no estas.
Si me preguntaras ahora en qué estoy pensando tendría que mentirte. En nada. Pasa un auto; después, otro. Corre viento, hace fresco. Me abrazo para darme calor, me tomo por los hombros. El invierno se parece a la muerte, y como ella parece que no tuviera fin. Será esta muerte ritual del invierno solo un prólogo más para la primavera de nuestra existencia, o solo el vaticinio de todo lo que si se deja pasar, terminará indefectiblemente yermo.
Meto un pie dentro de la bañera hirviendo y retrocedo. Mi abuela me contaba que con la llegada de los fríos aparecían los primeros sabañones, de roncha roja con picor, que te hacia arrepentir después de las rascadas. Cuando te recuerdo, no puedo más que comparar estas patologías. Pero mi abuela ha muerto y su muerte, como todas, prefigura la mía. Y la tuya. Vos deberías haber muerto ya. Apenas cruzaste esta puerta debió haberte agarrado un ACV fulminante. Yo hubiera terminado y luego hubiera llamado al 911, agitando mi respiración y acordándome de las cosas que me han hecho llorar de verdad; como E.T, Danza con lobos, o algo por el estilo.
Entrecierro los ojos y me miro en el espejo empañado. Escucho un ruido, a patitas. Una cucaracha marrón, grotesca en los azulejos. La veo y te recuerdo. Le doy de lleno con una pantufla, la mato. Un pedazo de bicho queda pegado viscoso, repugnante, vos. Me vuelvo a bañar. El vapor que llena la habitación, el vapor y sus efectos en mi cabeza. Y si ahora lloro, no es porque te hayas ido, solo es por pensarlo, por sentir que te irás y tal vez ni llegue a enterarme nunca. Y no, no hay un 911 para las presunciones o peor, los presagios, las corazonadas tristes. Finalmente, soy una especie de E.T., de último lobo en el desierto vaporoso, pensando en donde estarás que no puedo asirte de algún modo. Y no, no hay un 911 para las presunciones o peor, los presagios, las corazonadas tristes. Finalmente yo soy una especie de E.T., de último lobo en este desierto vaporoso, pensando en dónde estás, que no puedo asirte de ningún modo.Y no, no hay un 911 para las presunciopnes
* Este texto es producto de Mancha Parapantalla en Facebook. En el proceso intervinieron nuestros amigos:Francisco Raúl Castelli, Leandro Ferrara, Malena Malbrán, Carlos Aprea, Raquel Alejandra Barragán.

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